—¿Ustedes consideran que ya está curado?
—Dígamoslo de otra manera: el paciente está en condiciones de volver a sus tareas cotidianas, a su casa.

Uno de los misterios más grandes y que probablemente queden sin resolverse por completo es el cerebro humano. Dicen que cada cabeza es un mundo y precisamente desde el surgimiento del pensamiento simbólico (como consecuencia evolutiva en los primeros homínidos hasta los humanos actuales) no existe ciencia que pueda prever con toda exactitud los laberintos de la mente humana, la esencia del ser.

El Gato Desaparece (2011) es el título que lleva un thriller de la mano de Carlos Sorín. Quise compartirlo porque la película, de principio a fin, es una construcción y deconstrucción sutil de los personajes que protagonizan la historia. La película inicia cuando Luis, un catedrático universitario es dado de alta de una clínica psiquiátrica, luego de haber sido internado varios meses por un brote psicótico paranoide. Entonces se elonga y desenrolla la dualidad de su esposa Beatriz, quien muy feliz porque su marido está de vuelta, es también acechada por un miedo creciente de que se repita la historia.

The Cat Vanishes (2011) on IMDb

Lo bueno:

El argumento de Sorín es simple, logra establecer una especie de thriller psicológico minimalista, sencillo, donde no indaga sobre la psique de los personajes, esperando –quizás- que sea el espectador quien juzgue y elabore todas sus teorías conspiratorias, logra también mantener el misterio y el suspenso constante en cada escena, esa sensación de que cualquier cosa podría suceder.

Una de las cosas que más me atrajo de la hora y media que dura esta producción es la escenografía, cotidiana, netamente hogareña, con unas que otras escenas fuera de la casa; el juego de cámaras y planos. Todos esos detalles –que fueron tan importantes como cualquier otro elemento de la historia- estuvieron muy bien cuidados y a ratos me sentía como si leyera un libro y todas esas imágenes simplemente fueran representaciones de cada párrafo que alcanzaba mi lóbulo occipital. Los acercamientos cuando se da por supuesto que algo está por ocurrir, así como el contraste de una escena cálida, aparentemente tranquila y una escena fría, donde todos los sentimientos están alterados.


Lo no tan bueno:

El final, aunque claro, carece de fuerza, Sorín no es tan contundente, quizás producto de la elaboración de la trama lineal mostrada en una sola pieza armable, subestimando la capacidad del espectador de seguir el hilo de ideas que se hilvanan con ligereza de principio a fin.



La pausa, la pregunta:

¿Qué tenemos en nuestras cabezas?

Beatriz lo plantea -en algún punto de la historia- como un suspiro, un alivio; y la pregunta queda en el aire no solo para Luis, sino para aquellos que están frente a la pantalla; en verdad ¿qué tenemos?



2012
{originalmente publicado en ácraciapourlesporcs}