Tuve un sueño en el que bailábamos en las costas del sur de Francia. Al despertar me di cuenta que no éramos nosotros, sino un par de adolescentes celebrando el verano de 1945.

En esa escena, ya despierto, reconocí tu cabello oscuro bailando con el viento, mi barba de dos semanas y la textura de tus manos acomodadas en las mías...

Entendí que aquellos eran fotogramas repetidos de algún futuro que se nos escapó, o dejamos escapar -depende de quién esté contando esta historia-.

Así se nos fueron acabando todos los retornos hacia esa casita amarilla, hacia la tiendita amarilla armada bajo la luna, los libros, las películas, la música y todo lo demás.

Ahora todos los fotogramas están juntos, superpuestos, indivisibles, en una piscina olímpica de recuerdos e ilusiones gritando al unísono.

Todo se desborda y las escenas parecen otra historia, otros personajes, otros mundos. Y las costas del sur de Francia ya no nos esperan, ni la casa, ni la tienda, ni los discos, ni los libros. Todos nos quedaron colgados, en el último cartel de desvío que pasamos, mientras yo me iba cansando de esperarte o tú te cansabas de hacerte esperar.