♫ Y me robaste el corazón
y secuestraste la razón en ese magic music box. 


Hay cola para pagar en el cafetín. Ella se queda ahí, de pie, esperando, mientras yo busco una mesa desocupada cerca de las paredes de vidrio que dan hacia la calle. La espero. Miro a todo mi alrededor, aunque no me detengo en los detalles. Ella llega con un té de limón y se sienta. Esta mesa no nos gusta, hace demasiado calor. Nos cambiamos a otra mesa recién desocupada cerca de la puerta. El aire acondicionado del local es bondadoso en este lado. Ella toma de su té y me habla. De cualquier cosa. Miro sus manos sosteniendo el pitillo. —¿Está bueno el té? pregunto. —En realidad no, me dice. Sonrío. Ella también lo hace. Luego de las sonrisas y las palabras mi atención se va hacia el televisor al fondo. Una rubia lleva un vestido negro, baila bajo el cielo de un atardecer nublado, la rubia parece sacada de un molde y las ondas de su melena rubia vuelan con el viento. Sonrío. —¿Quieres probar? Lo hago. —No está tan malo, digo, podría ser peor. La rubia sube las escaleras, entra a una habitación, baila, da vueltas, estira los brazos, se desviste. La rubia está acostada en la cama, desnuda, el siguiente plano del vídeo fluctúa en un vaivén orgásmico. Fundido a negro. —Hace poco probé un té que estaba muy bueno. La chica rubia duerme tendida de lado en la cama. La mano de un hombre la acaricia la cara, abre los ojos, antes de volver a cerrarlos, la chica de melena rubia sonríe. La chica de melena negra frente a mí sonríe. Yo sonrío. Tomo mi teléfono y anoto el nombre de la canción (que nunca alcancé a escuchar) para ver el vídeo otra vez. -¿Nos vamos? Nos levantamos al mismo tiempo y dejo que ella salga primero.

En algún punto de esa misma noche, sentí que aquella caja de música nos estuvo prediciendo.