He pasado toda la noche sin dormir, viendo, sin espacio tu figura. Y viéndola siempre de maneras diferentes de como ella me parece.  Y es que cuando duermo, cuando puedo, me despierto cada ocho veinticinco cuarenta setenta y cinco minutos, no evito ver las luces verdes del reloj y su eternidad disimulada. Hago pensamientos con el recuerdo de lo que es ella cuando me habla, de la forma en cómo se mueven sus labios al decirme que quiere que estemos juntos y en cada pensamiento cambia ella de acuerdo con su semejanza a un collage de historias insatisfechas, incompletas. Amar es pensar y yo tengo la manía de pensar de más, cada detalle; casi me olvido de sentir sólo pensando en ella. Intento ordenar el caos que siempre es mi mente. Todos esos pensamientos que se mezclan durante unos ocho minutos minutos en R.E.M., toda una vida en el sueño. No sé bien lo que quiero, incluso de ella, y no pienso más que en ella. El tiempo es incapaz, no corroe ningún muro de contención de esta memoria, y estas olas de recuerdos se desbordan. Tengo una gran distracción animada. Me retraigo, escondo, desaparezco. Cuando deseo encontrarla casi prefiero no encontrarla, para no tener que dejarla luego. O viceversa. "Nada en el mundo es nada" es una frase que viene a mi mente cada vez que ella vuelve a preguntarme si algo me pasa y digo "nada", casi como un suspiro, una exhalación, un rompeolas. No sé bien lo que quiero, ni quiero saber lo que quiero. Quiero tan solo pensar en ella. A pesar del desastre. Nada le pido a nadie, ni a ella, sino pensar.


El texto en cursiva es un poema de Fernando Pessoa.