Me pediste que caminara contigo. Soltaste un montón de palabras mientras dábamos ese paseo. Yo, en silencio, intentaba seguir el hilo de tus frases hilvanadas helicoidalmente. Las casas de aquella cuadra desconocida quedaban desenfocadas, armadas una tras otra, como en un estudio de televisión.

Caminábamos, aunque no sabía hacia dónde.

Entre todo lo que pude atrapar de ti esa tarde concluí que me decías que estaríamos juntos, como antes, y que estaríamos bien. A cada tanto me mirabas. Volteabas a verme y sonreías. Yo no sonreía de vuelta. No sé por qué.

Y tú volvías a mirarme con una sonrisa y caminabas como si el día nos persiguiera y seguías hablando como si de verdad mantuviéramos una conversación, a pesar de que yo no decía nada.

Me detuve, no podía mirar nada que no fueras tú. Tú me miraste nuevamente sin parecer notar que yo me había detenido:

—Ven   —me tendiste tu mano. Sonreíste otra vez.

Cerré los ojos. La tarde estaba callada. No había brisa. No hacía frío. No hacía calor. El cielo estaba desdibujado, sin sol, sin nubes. Solo una luz tenue que venía de todos los lugares y ninguno. Ninguna sombra se proyectaba. Las casas parecían planas, acartonadas. Tu voz sonaba como un eco. Ven. Ven. Ven. Como si las vértebras del deseo crujieran una por una. No abrí los ojos. No sé lo que llevabas puesto. No sé lo que yo llevaba puesto. Ya no escuchaba ningún sonido. Y no quería abrir los ojos. De pronto vuelvo a escuchar cosas comunes. El ventilador. Mi respiración. Una leve lluvia más allá de la ventana.  Me encontré entonces con todo el peso de mi cuerpo sobre el colchón. El único peso sobre la cama. No me moví. El eco se repetía en mi mente. El eco de una broma cruel que me acababa de jugar a mí mismo: Ven. Estaremos juntos. Estaremos bien.

No pasaron muchos segundos hasta volverte a escuchar. Abrí los ojos y seguías de pie, mirándome y sonriendo. Con tu mano aún extendida:

—Ven, vamos a casa a preparar algo para comer.

Ya lo sabía y ni siquiera notaste mi tristeza. ¿Cómo ibas a hacerlo?

—Vamos —insististe.

Y te tomé la mano.

Sentía curiosidad por saber hasta dónde se repetiría el eco de mi propia ironía.


(c) Nica Albina