El nombre de una mujer me delata.
J.L. BORGES,
El amenazado (1972)

Que no sabía lo que tenía, le dijo el doctor, que él se encontraba en una serie de casos no diagnosticados que pasaban por lo mismo, pero que no podía hacer nada más. A todo ese conjunto de síntomas -añadió-, recientemente lo habían llamado marianitis, porque no podía llamarse de otra forma. Le recetó un reposo de 7 días y benzodiazepinas una vez por noche y gabapentina para cuando el dolor se hiciera insoportable. Saber eso no lo tranquilizó, al contrario, darle un nombre lo hizo pensar sistemáticamente en cada una de las variables que condicionaban su pesar.

Pasaban las doce de la medianoche y se tomó un par de benzodiazepinas, aunque el médico sólo le había prescrito una. No tuvo dolor esa noche, pero tuvo un sueño:

Subía las escaleras del edificio donde vivía y en uno de los pasillos venía, llevaba un golden retriver tirando de una cadena marrón y ni siquiera notó que él estaba ahí. Él se regresó sin saber hacia dónde irse a esconder. Subió un par de pisos más y se sintió estúpido, se asomó a la casa de su vecino y ella estaba sentada en la sala. ¿Qué es esto?. Bajó las escaleras tan rápido que no se dio cuenta de que el escenario había cambiado. Hacía frío y la plaza en la que se había convertido todo habían tres chicas. Ahora sabía que todo eso no podía ser sino otro sueño. Las chicas no las conocía pero ellas a él sí. Cuando se volvió un instante, una de ellas le habló: "¿Estás nervioso?". Él se detuvo y la miró, allí estaba, con su cabello largo y suelto, sentada sobre sus piernas recogidas y con la misma sonrisa que él nunca podría olvidar. Ella primero sonrío, luego soltó una carcajada rápida. Lo señaló en el corazón y dijo: "Tu corazón late muy muy rápido". Se encontró desprotegido, desnudo, en plena plaza de noche, su corazón podía verse latir, tras la escasa capa de fibras musculares del pecho. "Ven y dame un beso", se burló. Se tapó bruscamente con sus manos y estaba otra vez en su cama.

El corazón le latía rápidamente.

Recordó haber asistido a todos los médicos posibles, a decenas de especialistas y no consiguió curarse el insomnio, ni el dolor de barriga, ni la fatiga (y todo parecía indicar que nada mejoraría). Mucho menos la ansiedad, o el pánico de encontrarse desprotegido en el bus, o en un café, o en la cola de un banco al pedirle el bolígrafo a alguien cuando había olvidado llevar el suyo. Descubrirse expuesto con su nombre tatuado. Frente a la gente, igual que el espejo.

Marianitis, se dijo para sí, intentando justificar lo que el sueño que acababa de tener. Marianitis, se hizo eco. El dolor se había hecho insoportable nuevamente y se tomó un par de pastillas. El reloj de la mesita marcaba las 4:32 am.

Intentó dormirse de nuevo porque debía salir temprano a hacer unas diligencias, pero no quería encontrarse con nadie en esa ciudad tan pequeña. No quería que nadie lo notara extraño, enfermo. Seguía con la sensación de que en cualquier momento se quedaría desnudo, que su madre o sus amigos, o sus compañeros de trabajo lo notarían y que terminarían haciendo las preguntas correctas y él no sabría como ocultar el nombre que lo delataba, ese nombre que le dolía en todo el cuerpo.