— Iré contigo y estaré todo el tiempo a tu lado. 
— ¿Y qué haremos luego?
— Luego estaremos bien. Igual que estábamos antes.
— ¿Qué te hace pensar eso?
— Eso es lo único que nos preocupa. Es lo único que nos hace infelices.

Ernest Hemingway,
  Colinas como Elefantes Blancos

(c) Carlos Nunez



Estadísticamente hablando, una persona normal dice tres mentiras por cada diez minutos de conversación. Quizás por eso ambos habíamos dejado de hablarnos durante el camino. No sé a ciencia cierta. La carretera se había hecho eterna y silenciosa. Ninguno había dicho nada. Sólo seguíamos las líneas blancas intermitentes del camino. Seguíamos las líneas y no decíamos nada. El único sonido que podíamos oír era el de nuestra respiración, todavía acelerada. Al mirarnos, nuestras sonrisas dejaban entrever nuestra intención de quedarnos juntos. Para entonces no existía nada que pudiera detenernos. Pero de cualquier forma no nos habíamos hablado desde que el coche comenzó a andar.


Miré por el retrovisor y la sonrisa que le estuve dedicando a mi pasajera cambió. Con mis ojos fijos en él, sabía que no había vuelta atrás, que todo iba en serio.

De pronto, me desconocí ante aquel espejo y reapareció aquella voz en mi cabeza, la voz que me hacía dudar. Era como una especie de persona completa viviendo dentro de mí, una que reconocí de inmediato y de la que no había sabido en mucho tiempo. La verdad es que no entendía por qué seguía ahí, me preguntaba por qué no se quedó en aquel último lugar. Pero ahí estaba. Hasta dónde sea que llegáramos sin preguntarme realmente a dónde.

Seguíamos sin hablar, pero la forma en que noté a través del espejo retrovisor mover mis ojos me hizo saber que pensaba con insistencia en el futuro: Pensaba en casarme. En casarme y en tener hijos. En mudarnos a una casa blanca con una puerta roja, en pequeña provincia al sur de Francia. Era una sensación desagradable que impregnaba toda mi conciencia.

Me fragmenté, en ese momento, una parte de mí logró desligarse de aquellos pensamientos y liberarse de todo el ser. Me sentía como un espectro observando a un ser ajeno a mí mismo, mirando como un puñado de pensamientos se creaban desde cada conexión en la corteza del lóbulo temporal hasta formar una imagen lo bastante nítida de un futuro que me daba asco.

Ese ser extraño que me había poseído y exiliado de mi propio cuerpo.

Se imaginaba con una niña a la que llamaba Sofía, te lo juro, y se imaginaba criándola con toda la libertad que le pudiera dar. Y la amaría y le enseñaría a hablar y a caminar y a amar a los animales y cuidar la naturaleza y todas esas chorradas que la gente se inventa para poder conciliar el sueño.

Yo seguía intentando devolverme y él seguía preguntándose cosas cada vez que dejaba de visualizar su versión francesa del sueño americano. Se preguntaba todo y yo pensaba que era el ser más patético que existía sobre la faz de la tierra.

Intentaba hacer que me enamorara de ella, cuando todo lo que yo quería era follar el mayor tiempo posible. Él quería sentirse enamorado de nuevo antes de que volvieran a tener sexo. Él le había preguntado a la chica si alguna vez lo había amado y ella, luego de darle vueltas a la pregunta, respondió que sí. Entonces supo que ella no volvería a enamorarse de él; porque todo avanza y nada en la vida vuelve a ser. Lo supo y se ignoró a sí mismo, o me ignoro a mí. Ya no sabía bien. Lo que pasó a preguntarse luego fue toda clase de porqués.

Entonces, volví a pensar que era patético que necesitara que todo esté etiquetado y explicado y deconstruido. Él pensaba que podía por fin dedicarse a escribir y subirían a la ciudad a enviar a Sofía a la escuela mientras hacían dinero con sus cuentos y poemas y con los cuadros que la chica pintaría y entonces –un día- tendría una exposición en el Louvre y eso sería suficiente para cubrir todo lo necesario.

Y él contaría todo esto que yo te estoy contando y -seguro- lo adornaría para no quedar como un idiota. Y seguiría haciéndose las mismas preguntas y nunca se las haría a la chica porque ya nunca querría saber la diferencia entre la verdad y la mentira. Así que cuando ella preguntara si todo estaba bien, no se daría cuenta si él mintiera porque se habría hecho una carrera completa en el arte de la mentira compulsiva. Y diría que sí, y cuando ella llegue de Paris, luego de vender algunas pinturas, él la estaría esperando y Sofía crecería y ellos envejecerían y vivirían felices para siempre.

Por el resto del camino, era ese el plan. En silencio, alternando la mirada entre el camino infinito, ella y el espejo retrovisor, pensaba que no habría nada más perfecto que eso.

Llegaron a la línea de trenes. Se quedaron un rato mirando las rieles, aún sin decir nada. Se miraron sonriendo y ella dijo:

 Iré contigo y estaré siempre a tu lado.

Rebobinó toda su imaginación y comenzó a detenerse en cada detalle que le parecía importante. Pensó en la bondad de las dudas. Pensaba en eso y luego se aseguró que se olvidaría de mí. Y ya no me necesitaría para nada. Salvo las noches de insomnio en las que él no dejara de verla dormir, mientras se pregunta a sí mismo por qué ella dejó de amarlo.



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