— ¿Y crees que todo irá bien y seremos felices?
— Sé que lo seremos. No debes tener miedo. Conozco a muchas personas que lo han hecho.
— Y yo —dijo la chica—. Y luego han sido muy infelices.

Ernest Hemingway,
Colinas como elefantes blancos
(c) Carlos Nunez


La carretera era una recta perfectamente proyectada hacia el infinito. Llevábamos un par de horas en el camino, en silencio. No nos hacía falta hablar. Todo lo que importaba era estar ahí, intentando llegar. No sabíamos a dónde íbamos. Y tampoco nos importaba mucho. Nada importaba mientras permaneciéramos juntos. Ella sonreía y yo no podía evitar imitarla. Porque cuando ella sonríe, nadie puede evitar sonreír también.

Cuando la encontré, ella llevaba un vestido blanco y el pelo suelto. No llevaba calzado. Los perdimos mientras corríamos al coche que nos esperaba sólo para que pudiéramos huir hacia adelante, al futuro. Reíamos a carcajadas y pisé el acelerador.

Nos habíamos cansado de tanto hacernos daño. Todas las personas que nos dijeron que no nacimos para estar juntos ya no podrían vernos contradiciendo todas sus teorías conspiratorias. Todas las personas que predijeron desgracias sobre nosotros ahora se tragarían sus palabras. Todas las personas que querían separarnos iban a buscar un coche e intentarían seguirnos. Todo era como un juego levemente siniestro donde nadie sabía cómo iría a terminar. Yo sabía que todo estaría bien. Todo iba a ser como antes, seríamos felices y nadie podría impedirlo. Felices y nada más nos importaría. Dejaríamos toda esta falta de algo parecido a un océano.

La verdad es que cuando la veía, pensaba en un hogar al este de Praga. Una casa amarilla y con césped verde, lo suficiente alejada de la civilización. Lo más alejada para que nadie pudiera venir a molestarnos. El destino final luego de gastar todas las millas disponibles en viajes por el mundo.

Por un momento comencé a dudar, pero ambos estábamos ahí y habíamos decidido buscar otra vida a tres horizontes de distancia. Y entonces volvía a dudar. Estaba aquella infección esparciéndose por todo mi ser. ¿Podría ser? ¿Al fin? No sería el preludio a una caída mucho más dolorosa que la anterior. Me miré por el retrovisor y en mis ojos seguían rastros de aquel que siempre odié.

Volvía a disipar todos esos pensamientos y pensé hacia adelante. Mientras cambiaba a cuarta para llegar más rápido. Al mirar por el retrovisor ya no se veía nada, todos quedaron muy atrás. Pero venían tras nosotros. Seguiríamos adelante. Seríamos fugitivos un tiempo y luego nos olvidarían y podríamos comprar una casa y ser felices. Una casa amarilla cerca de un lago. Y todas las personas que nos quisieran visitar se quedarían esperando, porque nunca atenderíamos a la puerta.

Por las noches escucharemos rocanrol y haremos el amor. Y lloraremos de felicidad mientras escuchamos Johnny Cash hasta quedarnos dormidos. Cuando se despierte ya yo habré bebido café y le habré preparado panquecas con miel y se las habré llevado a la cama. Y para cuando nos encuentren todos los que quisieron separarnos, ya no estaremos ahí.

Ese era el plan maestro. Nada más sencillo y perfecto. Ya no estaríamos apresurados y nunca más estaríamos retrasados. El tiempo ya no sería un problema.

Llegamos a la línea de trenes. Nos detuvimos. Ahí estaban las respuestas. Oscilando entre los rieles. Nos miramos y sonreímos. Entonce le dije:

— ¿Lo quieres de verdad?

Nos quedamos mirando hasta que vimos que se acercaba el primer tren rumbo a cualquier lugar, a cualquier vida posible.
A veces me imaginaba con una niña corriendo por nuestra casa amarilla cerca de un lago, una niña a la que llamaríamos Amelia. Cuando eso ocurriera, ya habríamos dejado de huir. Viviríamos nuestra propia versión del sueño americano y nunca nadie podría despertarnos.



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