El tiempo siempre va en serio. Pero a veces, conspira morbosamente y se hace pesado y lento como un día nublado. Así ha sido desde abril. Y desde entonces, todos los objetos parecen estar más alejados. Como cuando miras todo a través un retrovisor.

Llega mayo y nada cambia, excepto el creciente síndrome de abstinencia pulsándome cada célula del cuerpo. Y luego junio, tan descuidado y sin prisa, como buscando abarcar todo el espacio que no le corresponde.

Despierto -finalmente- un domingo de julio y descubro que la poesía siempre intenta arrastrarte, llevarte de nuevo a sus costas como un mar violento y terco. Y cuando el agua salada se te mete por la nariz y los oídos no te queda más que aguantar la respiración todo el tiempo que puedas hasta pegar la cara de la arena en la orilla.

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