(by m4ncuso)
Non ascoltate quello che ho da dirti,    guarda la piazza e il parco.
«Quédate así», le dijo, «no te muevas». «Déjame volver a ver».
Sucumbo ante tu cielo rosado en calma a tu lluvia de caracoles morados a tu risa que vibra                               en tu imperio de gracia
¿Y qué si no hay nada que decir? ¿Y qué si solo hace falta mirar? ¿Y qué si con eso basta? ¿Basta? ¿Es realmente suficiente? ¿O siempre esperarán las toneladas de peso y poder que tienen las palabras? «Quizás deba dejar de hacer preguntas» dijo Andrea. Quizás él deba dejar de responder. Quizás. Quizás deban olvidarse de lo que pasó, para el año que viene.
me rindo ante tus encantos sutiles                              atajos terrenales                              de tu pasión de lava
Si lo olvidara, habrá olvidado también el momento en que intentó detenerla, de pie, de espaldas al sol.   «No sé exactamente lo que intentabas ver». Debió fotografiar el momento. Siempre olvida fotografiar los momentos. Encerrarlos para siempre en una foto. Inmóviles, inmortales. Como una burbuja sin tiempo. Como un microuniverso autosostenido y libre. Allí estaba. Allí estaban.
cedo ante tus caminos lunares a tu cauce de hierbabuena a tu tacto de nubes frías
Fue un momento mínimo, una epifanía que le duró menos de un segundo. No veía nada en absoluto y a la vez vio con claridad, detrás de ella, tras las casas, los coches y los árboles, más allá del sol, todo el universo. Todo cobró sentido y a la vez, todo dejó de tenerlo. Todo y nada importaba. Era la felicidad. Era la tristeza. Sentimientos en un collage. Una red de sensaciones enmarañadas tendiendo hacia el desorden, hacia el caos y también al contrario. La vida que imaginaba juntos. Todo lo que siempre había querido, manchado por sus propios demonios:   Envejecersolo. Morirsolo.
me sumerjo en tu mar de cabellos negros                                caigo desarmado en el precipicio                           de tus senos hacia tu ombligo
«Te vi» —dijo—, «de pie en medio de una paradoja, como adornando la vida misma en contraluz». Descubrió entonces, que ese momento, que duró menos de un segundo, fue la fracción más precisa para decir todo lo que había querido decir y también para arrepentirse luego.
me vierto                          -día y noche- sobre el mundo abismal de tus frases atadas de tus plazas desiertas y tus parques prohibidos
«Tienes un don» respondió finalmente, «un don increíble de dejarme sin palabras».