Bienaventurados aquellos que perciben el tiempo 
como una línea unidireccional,
pues ellos jamás se verán repetidos
en las mismas escenas erráticas de su vida.
 

Faltaban sólo horas para alcanzar una nueva vuelta alrededor del sol, eso que marcaba la pauta para el primer año de la segunda década del tercer milenio. Qué vergüenza, de verdad, ver de pronto tu reflejo y percatar su verdadero yo distorsionado sobre la concavidad del vaso de aluminio al que le saca brillo con el pulgar. Mientras cenaba en el silencio de su casa en ruinas, Anna dijo «lo intentaré» y él le pidió que no lo intentara: «Hazlo y ya». La tomó de la mano y la llevó a pasear a 1945.

15 de agosto en Tokio.

Quería mostrarle el mundo paralelo del día anterior, el 14 de agosto, en el Times Square. Mezclados entre la eufórica multitud, le señala a aquellos dos que se besan. «Somos nosotros» dice. Y sonríe. «O seremos», corrigió. La quiere besar, es obvio. Pero se contiene. Se había obsesionado con lograr revivir ese beso en sus vidas de la forma tan espontánea inmersa en la alegre noticia de que Japón decidiera rendirse unas horas en el futuro. Adorable, ¿no?

Avanzan hacia 1993, rompen el cliché del algodón de azúcar en un quiosco de feria en Santiago. Juegan de la mano entre las plazas, haciendo planes para materializar lo mejor de sus vidas. Albert no consigue saber qué piensa ella mientras aquella pareja de recién casados posa delante de las cámaras de aquel ocaso a finales de diciembre. Ni siquiera tiene claro qué piensa él mismo al respecto mientras, desde la distancia, miran los besos de marido y mujer. «Vayamos al 2009. ¿Qué es lo peor que puede pasar?».

Quizás intentaba descubrir en qué momento ocurrieron esas tres semanas en las que ella pareció corresponder a todas sus palabras. A todos sus sentimientos descritos por un dios con sobredosis de valium. No puede hacerlo.

Todo va en reversa y es aún mucho más confuso. Día 1, día 500, todo se repite y no puede hacer nada para cambiarlo. Es la paradoja temporal. Si tuviera éxito, no tendría la necesidad de saltar en el tiempo. Esa necesidad de no preguntar lo que no quiere saber. De dejar, finalmente, de dar respuestas a todo.

Ellos dejaron de ser los fotografiados. Ellos dejaron de ser cualquier cosa. En 1986 inició una historia que se entretejería veintidós años después a otra historia que inició dos años más tarde. Y que más tarde explotaría antes de tiempo. Como chicharras nostálgicas y solitarias. Sin un final aparente.

Quizás los finales felices son sólo superar todo, avanzar, continuar —pensó—. Quizás es sólo eso. O quizás Palahniuk tiene razón  y consisten en bajar el telón justo en el momento preciso. El vaso no puede tener más brillo. Regresó. Es el 2010 nuevamente, pero no por mucho tiempo. En algún punto de la línea de tiempo, mientras saltaban, ella soltó su mano. Él supo que la había perdido para siempre.