Reposas tu cabeza sobre mi hombro y dices «tengo sueño». Yo no hago ningún movimiento, te dejo tranquila mientras hojeo unos versos de Montejo. Siempre haces ese tipo de cosas. Sabes que me gusta y puede que ésa sea la razón por la que lo haces, para que no se me olvide que me gusta. O quizás también lo disfrutas. De cualquier forma, tengosueño siempre es tu excusa, lo hagas por lo que sea que lo hagas. «Razón», me corregirías y terminarías añadiendo: «no es ninguna excusa». Te reincorporas en ti rápida y sutilmente y me preguntas: «¿Qué lees?», «Montejo», te digo, «¿te leo algo?». «No» me dices, «cuéntame alguna historia antes de dormir» y sonríes. Te devuelvo la sonrisa, como siempre. Sabes que es un ciclo.

«Tengo frío» dices luego y te encoges nuevamente en mi hombro. Te abrazo con desdén, o aparentando desdén. Aún falta camino. Apenas el ciclo empieza. Me quedo pensando largo rato en las siguientes palabras que pronunciaré. No digo nada. Comienzo a tener sueño y espero que tú termines rendida en mis brazos para poder verte dormir. «¿En qué piensas?» dices, sacándome de mis pensamientos. «Bien, te contaré una» respondo y cruzas tu mano izquierda por encima de mi pecho y me abrazas. Deslizo lentamente mi dedo por tu nariz antes de comenzar: «Digamos que esta historia se llama...»

«Diciembre»
—exclamas como niña pidiendo golosinas.

Después de las decenas de reencuentros fallidos, SOFIA le confesó que quería verlo. "Te extraño" había dicho. Para ese entonces, él ya había decidido marcharse; se había alejado tanto que parecía imposible que volvieran a reencontrarse. NADAESIMPOSIBLE habían aprendido los dos mientras vivían tomados de la mano. Ésa fue la razón que pudiera explicar que GABRIEL se diera media vuelta y mirara en los recuerdos que tenía de SOFIA.

Toses y yo te acaricio la espalda. Te haces más pequeña mientras reacomodas tu cuerpo entre el mío. «¿Estás cómoda?» te pregunto seguro de la respuesta. Comienza a llover. «¿Puedes cerrar la ventana?» me dices en ese preciso tono de voz en el que nunca te diría que no. Lo sabes. Y quizás a ti también te gusta hablarme así, o sólo lo haces para que no te diga que no. Me levanto, de verdad hace frío. Me percato de ello cuando mis pies descalzos tocan la madera fría del piso. Regreso al sofá, cojo las medias y me las coloco. Primero la izquierda y luego la derecha. Acaricias con tus manos frías toda mi espalda. No te digo que pares, no podría. También sabes que me gusta, así esté haciendo el puto frío que está haciendo. Volvemos a ocupar nuestros lugares iniciales, abrazados. «¿Dónde quedé?... Ah, sí»:

DICIEMBRE había llegado sin permiso, frío y solitario como el invierno en un bosque. No pudo evitar que aquellas palabras, se multiplicaran como un eco dentro de una gran habitación vacía...

«¿Quién?» preguntas y te digo «no interrumpas». «Gabriel» te digo después de una pausa.

...No pudo evitar que las palabras se le multiplicaran. Resonaban en el fondo y se devolvían.

TEEXTRAÑO. Su mente se había vuelto eso. Una habitación pintada de blanco con todo el espacio posible que permitía que cualquier mínimo susurro retumbara en sus oídos. El arreglo era inusual, ningún mueble, sólo un retroproyector que mostraba cualquier recuerdo activado por el sonido de afuera o, por cualquier palabra escrita. Incluso sus pensamientos producían un sonido en su memoria. Es que en esa habitación, hasta las palabras escritas podrían lograr cosas increíbles.

No era de sorprenderse entonces, que GABRIEL accediera a la invitación de SOFÍA de reencontrarse en medio del camino, quizás, por última vez en el año. GABRIEL no se demoró en pensar que todos esos eventos que ella le prometía con tanto entusiasmo, terminaran nuevamente en fracasos.

Sólo una parte de sí, aquella más afianzada en su interior, fijaba la esperanza de que ese ciclo sadomasoquista sinfin en el que había caído hubiera terminado para siempre.

Te miro y tienes los ojos cerrados. Te veo dormir suavemente. Abres los ojos: «Continúa. ¿Qué pasó después?»

Pasaron los días y ahí se mantuvo, tranquilo, calmado, como si el pasar de los días no significaran nada. Todo ese teatro externo, en perfecto contraste con su interior ansioso y preocupado, expectante y desesperado. Era una tarde valenciana más, GABRIEL moría por un cigarro pero se contuvo, ése día y el siguiente y el siguiente, y el que vino después. Ya no podía esconderlo. Estaba jodidamente nervioso, ansioso. Sin embargo, no salió de su casa, ni sonó su teléfono ni parpadeó la luz naranja del msn, ni en su correo. SOFÍA SE VOLVIÓ UN RECUERDO de días atrás.

Finalmente había llegado el día. GABRIEL YA NO ESPERABA NADA. Se dió un baño y se vistió. Estuvo viendo TV todo el día. Llegó la hora. 16:03 marcaba el reloj de su móvil. 16:37 marcó la última vez que le echó un vistazo. Apagó el televisor con el control remoto y se tumbó de espaldas a la cama. Se quedó mirando largo rato las imperfecciones del techo. Finalmente, se quedó dormido.

«Entonces, ¿no se vieron?» te levantaste. Acomodaste la cobija sobre tu cuerpo. «¡Qué triste! ¿Por qué me cuentas una historia triste?». Te miro sin responder, sonrío con melancolía. La vida consiste en una acumulación de historias tristes. Son las historias que le dan todo el sentido a la felicidad. A saber apreciar esos momentos. «Sigo...»:

Lo despertó el sonido de su celular, ella llamó diciendo que se encontraran en el lugar de siempre. Se disculpó por la tardanza y se excusó con un inconveniente que dijo haber tenido. ELLUGARDESIEMPRE era una plaza normal de la vida valenciana, un poco ruidosa por la entrada que daba hacia la carretera, pero bastante sola y tranquila hacia el otro extremo. Él la esperaba ahí cada vez que se encontraban. "Te espero", dijo SOFIA. Entonces se colocó rápidamente los zapatos y salió hacia aquella plaza que prometía tanto en ese diciembre frío y gris. "¿Donde estás?" mostró su móvil, "llegando" envió de vuelta. "ok", recibió. Llegó a la plaza, por la entrada que da hacia la carretera. La ruidosa.

Comenzó a caminar, eran las 18:04 de un VEINTIDÓS DE DICIEMBRE. Era martes. Él no miraba a nadie en ese lugar. Al final en un banco, el más alejado de todo, parecía haber alguien sentado. Desde esa distancia podía ser un hombre o una mujer. Podía ser una sombra. Podía no ser nada. Su móvil volvió a sonar: Lo miró pero no había nada. Siguió sonando. Presionaba las teclas y el sonido no se iba. Miró hacia el banco y no había nada. Nada que hacer. Comenzó a abrir bien los ojos y el fondo de aquella plaza se distorsionaba, las imperfecciones del techo, nuevamente.

Me despiertas con un beso largo: «Despierta» dices, «tenemos que irnos», y me das otro beso. Te pregunto «¿terminé de contarte la historia?» y colocas tu taza de café sobre la mesa frente al sofá al tiempo que me das la mía. Frunces el ceño «¿cuál historia?», te digo «la que te contaba hace un momento», y tomo un sorbo de café. Estácalientejoder. «Está caliente» dices y me das un beso que sabe un poco a chocolate blanco.

"Lo siento" decía el mensaje desde un número no registrado. "Otra vez volvimos a no vernos". 
«Llevas durmiendo un par de horas» me dices. «Báñate, que se nos hace tarde». Coloco la taza sobre la mesa junto a un libro que dice Eugenio Montejo. 

Y firmaba:
"Sofía".

Te miro distante, me quito el sueño de los ojos. «¿Tarde para qué?». Te alejas y subes las escaleras con rapidez y gracia infantil. La calefacción está funcionando. No hace tanto frío y no llevo puesta las medias. Son las 18:07. Hoy es 7 de diciembre de 2010. Es martes. «Para que el futuro sea lo que es» dices. Saboreo esas palabras con el café y el chocolate blanco que sigue en mi lengua un poco quemada.

«¡Ven a la ducha!» dices en un grito húmedo. Sonrío. Me levanto del sofá y sigo tus pasos lentamente, hasta las escaleras.

Te digo, aún desde abajo: «¿Y a dónde se supone que vamos?».  Con la llave abierta tú no oyes, alfuturo me digo al mismo tiempo en que pregunto. Un escalón, luego el siguiente, y así. Paraqueelfuturosealoquees me repito a mí mismo.