Llevo días percatándome de ese desapego a lo real. Esas lagunas en mi mente que no se llenan con nada. A veces, cuando ocurren algunos (re)encuentros, entonces una metralla de flashbacks a quemarropa se filtra a través de todas esas conexiones nerviosas que hacen que los recuerdos sean exactamente lo que son, reemplazando esos espacios vacíos. Y llega ese punto en que todo tiene tanto sentido como tirarle piedras a los aviones. Cualquiera de esas cosas que uno termina por hacer se parecen entre sí y un loop de tiempo te mantiene regresando constantemente al mismo fucking punto. A repetir los mismos errores, a decir y hacer las mismas estupideces estando convencido de que es lo mejor que sabes hacer. De que tus acciones tienen una consecuencia satisfactoria en el transcurso de tu vida humana. Hace un par de meses leí un poema llamado Deshumanización, de un joven poeta llamado Jhon Stredel; la razón de haberme encontrado con él fue que ese poema participó en el I Concurso de Poesía desde Valencia en el marco de la Feria Internacional del Libro de la UC 2010. En un mundo ideal, para Stredel y para mí, aquel poema hubiese llevado la etiqueta del primer lugar en el concurso. Quizás se deba al empeño mío en transmutarme en cualquier cosa, a esa obsesión de tocar las nubes y volverme un poco vapor de agua. A esa terquedad obsesiva-compulsiva e inevitable de fusionarme con el cielo. Esa metamorfosis kafkiana que viene acompañada de la completa e irrevocable pérdida del ser, de la condición Homo sapiens sapiens sólo para terminar siendo el recuerdo borroso en el sueño de alguien más. O -con suerte- una nube, o un cerbero de tres cabezas resguardando las puertas de una casa amarilla en ruinas. Alternando entre pintar un par de franelas, escuchar un poco de música, comer, quejarme -en silencio- de mi dolor de muelas, ignorar el paradero de mi celular, corregir exámenes, comer nuevamente, terminé finalmente viendo un par de películas en HBO y HBO Plus sobre historias de amor excéntricas y retorcidas. Una era Table for Three y la película que vi luego se llamaba He’s Not That Into You; el cuento es que en ambas redes de historias, antes de que la pantalla se funda a negro, todo conspira para que las cosas acaben bien. Esa armonía cósmica conspiratoria con esa tendencia al orden que viola todas las leyes universales, no hace sino contribuir exitosamente en ese proceso deshumanizatorio (si se me permite crear esa palabra) sobre el amor y los finales felices antes de los créditos. Siento que cada vez que veo ese tipo de escenas todo pierde esencia, todo el sentido de ese tipo de palabras.
Supongo que se debe a que hace un año estaba peor todo y ahora en estos momentos ya (me) importa casi nada. Supongo que es así, casi siempre supongo, así como también es una suposición que es sólo una fase del mismo proceso que me hace ser tan libre como nunca lo he estado, así como la desintoxicación. Una fase que comienza con el desgraciado síndrome de abstinencia y termina con la independencia redentora. En completar la metamorfósis a algo con tanto sentido como un koan zen. Pero con la verdadera libertad de hacer lo que te dé la fucking gana.
El poema de Jhon Stredel decía esto: Deshumanización Al desollarme guardé los huesos quedaron sólo los tendones. Destilando el cuerpo en la cafetera me convertí en sustancia y envié el soluto a mis asesinos. La inexorable liquidez evitó que brotara de nuevo la esencia corpórea.