Como diría Gabriel Torrelles, a veces estoy destruido, psicológicamente exhausto, físicamente escoñetado. La frase mentiras que deberían ser ciertas me la robé de su blog (el de Gabriel) una vez, claro, porque no me la podía robar dos veces, luego de leer un poema que estuvo ahí y que me hizo bajar la cara con todo el peso mientras se me desmoronara el pecho al imaginarme despertando de una sucesión de sueños sobre mis expectativas de la vida que quiero vivir.

Hoy soy algo así como la repulsión latente en las fuerzas de interacción de Van Der Waals. Todo me da asco. El cielo soleado hacia el suroeste, las nubes grises que se formaron hacia el noroeste antes de que saliera de casa a dar un paseo. Me quedo hipnotizado por un instante demasiado largo viendo un grupo de hormigas seguir un rastro invisible sobre un condón usado y hecho un nudo para que no se saliera el semen.

Soy el tema central de la desolación de Johnny Cash en versión más cruda. Dejo la estela de lo que voy dejando de ser para convertirme en exactamente lo mismo. Transmuto en un ciclo de mí mismo infinitas veces. Miro al frente y veo que existen autobuses que dicen -en grande-: mi ángel mariana. Me río con neurosis en silencio. Malditasea. Me salgo de mí y mi cuerpo queda indefinidamente desocupado. Camino sin cuerpo tropezando con masas de aire tibio de las dos de la tarde.

Reciclo ideas. Pero no escribo ni una palabra. Notengobrazos.
Pienso.
Imagino.
Recuerdo.

Quiero una casa amarilla con un jardín de grama siempreverde.
Quiero un labrador negro para poder llamarlo Volvo.
Porque en el futuro ya lo tengo. Y se llama así.

Quiero tener una amiga llamada Elle. Y enamorarme de ella en secreto.
Quiero ir a Praga. En serio. Porque es como mi Montauk personal. Y me seduce con el mismo susurro al oído.

Quiero tener una erección en gravedad cero. Porque leí que es improbable.
Quiero tener sexo encima de las teclas de un piano y que combine con el sonido de un orgasmo.

Quiero escribir una novela llamada mentiras que deberían ser ciertas y regalarla en pdf, como haré con todos los libros de poesía que tengo. No me importa si es mala ni buena. Yo sólo quiero escribirla.

Quiero enviar cartas electrónicas desde Gmail de las que sé que me arrepentiré de enviar para poder hacer clic en Unsend y congraciarme así con mi ego obsesivo-compulsivo.

Quiero ser Ramón Sampedro y escribirle Mar Adentro a la mujer que amo.
Quiero reproducir un regalo que me dieron y que evoca recuerdos de una época bonita del 2009. Donde todo era remotamente recíproco a lo que yo sigo sintiendo actualmente.
(Quiero revivir escenas perfectas y recrearlas más allá de mi mente)
Quiero comprar un puf y compartirlo de nuevo y otra vez (y todas las veces que sea necesario), hasta que se hagan las 4 am y yo siga despierto, observando.
O parecer un carajito que le gusta una niña bonita con un vestido bonito y que la mira con cara de querer besarla en la cola de algún Farmatodo de alguna ciudad que no sea ésta.

Quiero adoptar una niña y llamarla Amelia. Porque así se llama una costelación que descubrí en otro universo. Porque era ése el nombre de mi abuela, a la que nunca llegué a conocer tan bien.


Sigo destruído,
psicológicamente exhausto,
físicamente escoñetado.


Quiero tener las vidas del Señor Nadie. Y que espantar al oso sirva de algo.

Quiero que ella me diga la verdad antes que yo se la diga.
Porque a veces soy demasiado benevolente con el mundo y me gusta dar enésimas oportunidades.
Porque el odio es malditamente agotador y no libera nada como leí y comenté por algún lado.

Quiero encontrar La caja de las Pesadillas que describe Chuck Palahniuk y mirar por ella para que ya no me importe un carajo lo que quiero.
Quiero encontrar mi cuerpo; dejar de ser la forma espectral que sigue tropezando con la misma piedra y cae.